miércoles, febrero 28, 2007

K-19, the widowmaker

El fin de semana pasado vi la película K-19, que me gustó especialmente, y que me llevó a echar un ojo por internet para leer algo sobre la verdadera historia de lo que sucedio en 1961 en este sumergible soviético. La historia que sigue a continuación es la que sucedió en la realidad:

Exceptuando al Kursk, el más horrible de todos los accidentes nucleares en submarinos fue el del soviético K-19 (de clase Oscar), que padeció una grave falla en el sistema de refrigeración de sus reactores durante su viaje inaugural. En cuestión de minutos la temperatura del reactor subió hasta casi 1200°C, increíblemente cerca del punto en que se fundiría, provocando una reacción en cadena que culminaría en una apocalíptica explosión nuclear.

El K-19 parecía estar maldito desde el mismísimo inicio de su construcción en los astilleros: durante el proceso murieron dos obreros a causa de un incendio, seis mujeres por inhalación de gases tóxicos, un electricista aplastado por el silo de un misil y un ingeniero desnucado al caer en el espacio entre dos compartimientos. De modo que el K-19 contabilizaba ya ¡11 muertos antes mismo de su botadura! La conseja de la maldición del K-19 se vio reforzada por el hecho de que se eligiera a un hombre para arrojarle la consabida botella de champán —y no una mujer, que se considera de buena suerte— y que la botella no se rompiera al golpear el casco, sino que rebotara intacta. Es de imaginarse la impresión que estas dos circunstancias produjeron sobre la supersticiosa tripulación. Y, como veremos, tenían razón en temer.

El K-19 fue botado en 1961 y puesto al mando del capitán de navío Nikolai Zateyev. Su planta motriz estaba constituida por dos reactores nucleares térmicos VM-A de 70 mW y llevaba como armamento primario tres misiles nucleares balísticos de 670 km de alcance, equipados cada uno con una cabeza nuclear de 1,4 megatones.

A pesar de que su comandante consideraba que la nave no estaba preparada aún para navegar, el Alto Mando soviético, preocupado por la presencia de naves norteamericanas dentro del rango de misiles de Moscú y Leningrado, le ordenó poner proa hacia la costa estadounidense para "devolver la gentileza". Zateyev, a todos los efectos prácticos, compartía el mando con su oficial ejecutivo Vladimir Yenin.

El K-19 estaba tripulado por 139 hombres en esa, su primera misión, y llevaba entre sus órdenes la de no ser detectado por las naves norteamericanas hasta que estuviese a tiro de misil de EEUU.

El 4 de julio de 1961, 18° día de navegación, Zateyev recibe un informe escalofriante: los medidores de presión en el sistema de refrigeración del reactor de estribor marcan cero, y las bombas que impulsan el agua hacia el núcleo no funcionan. Hay una fuga de refrigerante en las cañerías del reactor.

La situación de Yenin y Zateyev es una de las peores que pueda imaginar una mente enfebrecida: están a 2400 kilómetros del puerto amigo más cercano, en plena Guerra Fría, rodeados de naves y bases de la NATO, y su reactor manifiesta todos los síntomas del inicio de una reacción en cadena. Debido a la falta de refrigerante, los tripulantes no tienen manera de apagar el reactor, que muy probablemente esté tendiendo a fundirse y luego a explotar: difícil situación en una nave que lleva a bordo tres misiles que, en su conjunto, contienen material fisionable suficiente para producir una explosión nuclear diez veces más grande que la de Hiroshima.

A las dos horas del accidente (0600 del 4 de julio), Zateyev decide emerger: no puede permanecer bajo el agua con un accidente nuclear en proceso. Ordena pedir auxilio por radio, pero su radiooperador descubre con horror que la antena no funciona. Nadie vendrá a ayudarlos.

Mientras tanto, la temperatura del reactor aumenta sin medida, y otra espantosa certeza aparece en las mentes de los desafortunados marinos: si el reactor llega a explotar, los norteamericanos pueden pensar que los soviéticos los están bombardeando... y responder el ataque. Visto desde la perspectiva actual, este miedo parece exagerado, pero desde la óptica de los militares involucrados en plena Guerra Fría, realmente tenía sentido. De manera que al terror por la seguridad de la nave y su tripulación, Zateyev sumaba ahora el miedo a provocar una guerra nuclear por accidente.

Había que hacer algo: Zateyev se reúne con Yenin y los demás ingenieros y oficiales y comprenden que, de no inyectar agua de inmediato para refrigerar el reactor, todo está perdido. Las nubes de gas radiactivo están expandiéndose a gran velocidad por toda la nave, y la temperatura hará explotar el núcleo en cualquier momento. Hay que soldar una tubería nueva y conducir el agua desde los tanques de lastre hasta el reactor, y hay que hacerlo ya.

La misión es suicida, y todos lo saben. Los hombres que ingresen al núcleo con sus caños y sopletes no saldrán con vida.

Durante muchas horas los voluntarios del K-19 ofrecen sus vidas para alcanzar la salvación de sus compañeros: en un ambiente surrealista (el vapor tiene un color verde limón y el agua derramada por el piso de la sala de reactores brilla con un fantasmagórico resplandor azul) sudan y luchan en el compartimiento del reactor, soldando unos largos tubos que inyectarán el agua refrigerante. El sistema de ventilación del submarino esparce por todas partes la radiación liberada al abrir la puerta del compartimiento de reactores, y los 139 hombres están cada vez más cerca de una horrible muerte por enfermedad de radiación.

Yenin sugiere entonces a Zateyev dirigirse hacia la cercana isla de Jan Mayen y abandonar la nave, pero el comandante piensa que no es una buena idea. En esa isla existe una base de la NATO, y lo que menos desea el capitán es que, si el submarino explotase, lo hiciese en la rada de una base enemiga con una detonación nuclear gigantesca. ¿Qué pensaría el Pentágono? El ataque de represalia tardaría sólo algunos minutos.

Luego de más de cuatro horas de trabajo en el reactor, la tripulación sabe que los 8 hombres que efectuaron la nueva conexión hidráulica están irremisiblemente condenados. Quemados, deformados, vomitando en forma continua espuma verdeamarillenta, los valientes héroes se han, en efecto, sacrificado para salvar las vidas de sus 131 compañeros y superiores. Sin embargo, los niveles de radiación en los demás compartimientos son muy altos. Si bien el reactor comienza a enfriarse por efecto de la recién lograda inyección de agua, Zateyev comprende que es necesario evacuar la nave antes de que todos los demás sigan el camino de los ocho mártires. Pone proa al sur, donde supone que hay otros submarinos soviéticos, mas no los encuentra. Desesperado, decide regresar al puerto de origen, a pesar de que lo separan de él nada menos que 1500 millas. Un sencillo cálculo le demuestra que, con los niveles actuales de radiación en el interior del K-19, ninguno de ellos llegará con vida a Rusia.

Es entonces cuando la Providencia interviene: poco después de virar al norte, una bengala verde destella en el horizonte. Es el saludo de una nave propia. Una catarata de bengalas le responde: en su desesperación, la tripulación del K-19 lanza todas las señales lumínicas de que disponen, convirtiendo al cielo en un arcoiris esplendoroso.

Se trata del submarino diesel soviético S-270, que se aparea al K-19 y evacua a los 79 miembros no esenciales de su tripulación. La maldición del K-19 se hace evidente una vez más cuando se cortan los cabos de remolque y toda la operación vuelve a complicarse. Finalmente otras naves soviéticas acuden en ayuda del K-19: además del S-270, llegan los submarinos diesel S-268 y S-169, acompañados del destructor Byvaly y el buque Aldan.

Luego del largo viaje a casa, el K-19 es puesto en la seguridad del dique seco de su base en Polyarny, Murmansk, el 7 de julio de 1961. Su macabro viaje inaugural había durado sólo tres días.

En efecto los 8 tripulantes que soldaron el caño de refrigeración murieron por sobredosis de radiación en cuestión de horas. Catorce más fallecieron de cánceres y leucemia en los dos años siguientes. Pasados 5 años, varios otros habían muerto por causa de la radiación y los 117 restantes sufrieron enfermedades en diversos grados, todas ellas atribuibles a la exposición a la radiactividad del reactor averiado.

Todo lo que se encontraba a 700 metros a la redonda del dique seco donde se colocó al K-19 quedó contaminado y debió ser eliminado. Pero el destino fatídico del submarino no terminó allí.

El K-19 fue descontaminado y puesto nuevamente en servicio en 1964, tres años después del incidente, y navegó sin novedad hasta 1972, en que se produjo una pérdida de fluido hidráulico que provocó un incendio incontrolable. Esta vez murieron 28 tripulantes, todos horriblemente quemados. Durante sus misiones posteriores, el K-19 tuvo tiempo aún de incendiarse otras dos veces, aunque sin víctimas.

Este verdadero terror flotante siguió navegando hasta ser radiado (y nunca mejor aplicado el término) de servicio en 1991.

El submarino maldito pasó los siguientes tres años amarrado a una bita en el puerto militar de Murmansk, vacío (ya que, comprensiblemente, nadie se atrevía a ir a bordo) hasta el año 2002, cuando las nuevas autoridades de la Federación Rusa procedieron a su desguace y destrucción.

La historia del K-19, conocido por los norteamericanos como "The Widowmaker", "El Hacedor de Viudas" (pero propias, no enemigas) y llamado por sus desasosegadas tripulaciones rusas "Hiroshima" , quedó como secreto militar durante los siguientes 28 años. Aunque algunos de los miembros de su tripulación fueron condecorados, el secreto obligó a que los motivos fueran voluntariamente oscurecidos por el estado comunista, y muchos de ellos descansan en sus tumbas sin indicaciones que recuerden su heroísmo y sus muertes insensatas.

Extraido de http://axxon.com.ar/rev/150/c-150Divulgacion.htm

Mas información: http://www.elmundo.es/cronica/2002/351/1026114678.html